Apostillas a la novela LA MANO de Roberto Rivera Vicencio
 

por Tulio Mendoza Belio

Academia Chilena de la Lengua

 

“… y prefiero pasar por alto, o me olvido que una mano me despertó levemente cuando apenas conciliaba el sueño.” (p.98) 

 

“Nuevamente aquella mano volvió a remecerme del pecho en medio de la noche, nunca tan fuerte y categórica como aquella primera vez, pero sí lo suficiente para abrir los ojos y recordarme que seguía allí.” (p.105)

 

“Y otra vez un remezón; no, dos remezones. Cuando apenas conciliaba el sueño la mano aquella va y me zarandea, no muy fuerte pero lo suficiente para despertarme.” (p.127)

 

Estimados amigos, muy buenas tardes. Es para nosotros motivo de especial alegría, contar con la presencia, en Concepción, del escritor Roberto Rivera Vicencio, expresidente de la Sociedad de Escritores de Chile (SECH) y actual presidente de Letras Laicas. Nos convoca, en esta oportunidad, la presentación de su reciente novela titulada “La mano”, editada por el Fondo de Cultura Económica. Agradecemos al autor el haber pensado en nosotros, en Andrea Campos y yo, para esta presentación que es, a la vez, una cordial invitación a su lectura.  

Nada más en fuga que la lengua misma, esa “palabra en el tiempo” que nos enseñó6t y ensayó el poeta Antonio Machado. En fuga por su dinamismo creador y por su historia y porque cuando la decimos es siempre actuación y actualización en presente, solo así podemos referirnos al pasado y al futuro.

Esta notable novela de Roberto Rivera Vicencio, titulada “La mano”, nos pone en la ruta de una escritura que es fuga y deseo, ese “Movimiento afectivo hacia algo que se apetece” o hacia alguien de quien se tienen ganas, que gusta o agrada, es también, como su definición lo precisa, algo dinámico y activo, un hacer, un quehacer y un objetivo. Sin embargo, hay que acotar que el deseo, tal como nos enseña el filósofo español José Ortega y Gasset, muere automáticamente cuando se logra; fenece al satisfacerse. El amor, en cambio, es un eterno insatisfecho.

Así podríamos considerar la escritura misma de este libro y su correspondiente lectura, desde el metalenguaje, hablando de la lengua con la lengua, casi como un arte poética, como un deseo en fuga, que eso es siempre el acto de escribir y de leer, un ir hacia adelante, progresivamente, que eso significa prosa y ya sabemos el carácter lineal del significante.

La palabra viene de la expresión “prosa oratio” (discurso en línea recta), del adverbio “prorsus” (dirigido hacia delante), formado de “pro” y de “vorsus”, voz en la cual se puede reconocer la raíz “vors”, variante de “vers” (verso) que indica “movimiento”, “dirección”. Incluso en francés “vers”, significa “verso” y también “hacia”. Desde este punto de vista y en palabras del escritor argentino, Julio Cortázar, “la novela [es en principio un “orden abierto”, novelesco], se desarrolla en el papel, y por lo tanto en el tiempo de la lectura, sin otro límite que el agotamiento de la materia novelada…”; “… en la novela, la captación de esa realidad más amplia y multiforme se logra mediante el desarrollo de elementos parciales, acumulativos, que no excluyen, por supuesto, una síntesis que dé el “clímax” de la obra, …”

La novela que hoy presentamos, dividida en 18 capítulos, partes o fragmentos, tienen el denominador común y necesario, exigible a toda historia de este tipo y que el escritor argentino y también boxeador, Abelardo Castillo, señaló de este modo en palabras de Julio Cortázar, en su conocida conferencia “Algunos aspectos del cuento”, pronunciada en La Habana en 1970: “Un escritor argentino, muy amigo del boxeo, me decía que en ese combate que se entabla entre un texto apasionante y su lector, la novela gana siempre por puntos, mientras que el cuento debe ganar por knock-out. Es cierto, en la medida en que la novela acumula progresivamente sus efectos en el lector, mientras que un buen cuento es incisivo, mordiente, sin cuartel desde las primeras frases. No se entienda esto demasiado literalmente, porque el buen cuentista es un boxeador muy astuto, y muchos de sus golpes iniciales pueden parecer poco eficaces cuando, en realidad, están minando ya las resistencias más sólidas del adversario.” 

Todo texto, en este caso la novela que, como ya hemos dicho, “acumula progresivamente sus efectos en el lector”, es un mecanismo, una máquina de significados, un conjunto de palabras que avanzan por el real espacio de la página y también por ese otro carril virtual que se va necesariamente llenando de otras palabras y que tanto el autor como el lector, deben saber completar para producir ese otro texto que podríamos asimilar a ese discurso de segundo grado, como lo llama el filósofo y semiólogo francés, Roland Barthes, un texto interpretativo y ampliado que se debe a la obra original: el discurso de primer grado.

Roberto Rivera Vicencio ha dado a la caza alcance, como dice el místico San Juan de la Cruz, refiriéndose al amor; ha hecho que esa fuga vaya dejando texto, que esa fuga, como la música, sea sucesión plena de múltiples sentidos. Su novela tiene un carácter casi polifónico, abierto a lo cultural, al culturalismo, al extratexto, al erotismo, a lo social, a lo político, a la crónica, a una crónica de sensaciones, a costumbres de época, a lo anecdótico, a cierto humor, a un retrato de la ciudad, a la Historia y a la microhistoria, a las inesperadas reacciones humanas y sus conflictos (soledad, desencanto, locura, odio, traición, venganza, sospecha, obsesiones, ambición, patologías).

En cada uno de los fragmentos o partes de esta novela de Roberto Rivera Vicencio, encontramos en su unidad ciertas constantes que no solo crean una atmósfera particular, muy cinematográfica, sino que exhiben un acertado manejo de la continuidad, de la cohesión interna, de la coherencia, de la tensión e intensidad de las partes, de la recurrencia de elementos y de diferentes tipos de sorpresas que constituyen lo que supone o espera el lector, una apertura significativa en conexión con la unidad total. Todos estos fragmentos tensan su materia narrativa en la espera, algo sucede siempre, algo está sucediendo, algo está por suceder y, además, por sorprender, lo cual va perfilando a un lector cómplice. Y aunque esto es natural en toda novela, en el caso de Roberto Rivera Vicencio se hace una constante que sobresale con una admirable naturalidad como mecanismo y recurso. Más aún cuando esta escritura tiene una extraordinaria madurez que se aprecia en una evidente y lograda unidad de estilo, en su ritmo, en su tempo, en su adecuada fluidez, en la acertadísima imbricación del discurso directo con el indirecto, pero también en la superposición del tema erótico y el político; en el empleo de los diversos registros de lengua, en un coloquialismo oportuno, todo lo cual otorga a su prosa una considerable vitalidad, una pulsión de vida con la cual nos identificamos.

“Muy tarde, casi amanecía, cuando en sábado de descanso me despertó el citófono. Nada bueno auguraba el timbrazo, podían ser chiquillos hueveando con el “ring ring raja”, pero me encontré al otro lado con la voz afligida de la Paula. Confieso que dudé en abrir pero la curiosidad, ¿la curiosidad?, pudo más. Venía con el pelo mojado por la llovizna. La atendí en el living en bata, o quise atenderla, porque no quiso café y apenas tomé asiento en el sillón se me acurrucó. La abracé delicado mientras le rodaban unas lágrimas sin decir una palabra. Tampoco pregunté nada hasta que apretó el rostro contra mi pecho y allí se quedó largo rato tomando aire, cada tanto como asfixiada. Le acaricié el pelo y observaba llegar por el ventanal la mañana, sentí que acezaba mientras buscaba con nariz y boca la piel bajo el pijama. Por un instante me contuve, luego no supe si apartarla o dejar que prosiguiera al tiempo que me provocaba una erección de aquellas, y ahí se entretuvo. Comencé a sacarle la blusa sin apuro, los pantalones, todo, y la dejaba encaramarse con brío y frotarse con ahínco contra la pelvis. En un descanso la volteé poniéndola abajo y le di duro, muy duro. Llámame por mi nombre. Tomás, dijo. Repítelo, le indiqué sin aflojar. Tomás, balbuceó y refregó sus labios en los míos. Sentí que no tendría otra oportunidad y apenas recuperó la respiración, le pedí que se pusiera de rodillas. Se afirmó contra el respaldo del sillón y volví a entrar, lento al principio, muy lento al entrar y al salir, hasta sentirla acezar otra vez, y comencé a clavar cada vez con mayor fuerza mientras ponía firme su trasero. ¿Con quién estás?, consulté. Contigo, Tomás. ¿Con quién? Contigo, Tomás. Repítelo. Tomás. Pídemelo, ordené. Dame con todo, Tomás, dijo entonces, con todo. Y le di con todo hasta estallar en el mismísimo fondo y las estrellas.” (pp.71-72)

Muchas gracias.