Biografía
Escritor, periodista y matemático
...mucha de mi formación como escritor es de allá, de mi paso por la revista Suburbio y Pájaro de Fuego, mi pasada por el periodismo igualmente, como jurado de concursos y un volumen no menor de lecturas…
La biografía de
Roberto Rivera Vicencio
Por algo de eso sería que muy temprano comencé a leer, a los once ya me disfrutaba El Quijote, Balzac, Maupassant, Oscar Wilde, Jorge Isaac, y la poesía de Bécquer, Pedro Sienna y toda la selección de Poesía Universal de María Romero, también me gustaban las matemáticas, pero al final no fue lo mío.
Zapato cuesta dinero o esta puede ser la cuestión
Zapato cuesta dinero, dinero cuesta ganar… se escuchaba entonar desde la calle, entonces me asomé con cautela por la puerta entreabierta y vi a dos o tres que cantaban mientras vaciaban tachos de basura en lo que hoy creería era un camión. Conservo la imagen, la calle de tierra, los árboles ralos y mi recelo ante aquella decisión. Es mi primer recuerdo consciente, no sé que edad tendría, tal vez dos o tres años, me bamboleaba al caminar y llevaba sobre los pañales un calzón de goma. La calle a la cual me asomo alguna vez se llamó Buenos Aires y ahora es Sergio Valdovinos de la barriada de Quinta Normal. Después nos trasladamos al otro lado del río, a La Chimba, a Maruri esquina Cruz, pleno barrio Independencia, pareciera a la misma casa a la cual llegó José Santos González Vera desde de El Monte, una de esas pequeñas localidades en los alrededores de la capital.
Era un barrio entretenido y diverso, al frente de mi casa dos jóvenes bailarinas de ballet (las pitucas) con piano, la lado don Giovani, italiano que apenas hablaba español y trabajaba por supuesto en una fábrica de tallarines, más allá las veguinas, porque tenían puesto de verduras y frutas en la Vega Central, poco más allá “los Carlos” que proyectaban películas como “Casablanca”, “Iván el Terrible” y “El acorazado Potemkim” para el vecindario en un telón puesto al otro lado de la calle (uno de ellos desaparecido); más allá Albano Fiorazo, amigo escritor, nieto e hijo de migrantes chinos desaparecido también durante la dictadura, detenido cruzando la calle justo frente a mi casa con el menor de los Urbina. En la misma esquina se enfrentaban llegar y cruzar, la botillería del guatón y la carnicería de don Alfredo que justo a su lado tenía la casa donde vivió el pintor Benito Rebolledo, en diagonal a la botillería la casona del escritor José Leandro Urbina, y por su mismo lado el pasaje donde vivió Neruda de los “Crepúsculos de Maruri” y “Veinte poemas de amor…”; dícese también que por el frente y en la misma cuadra, otro escritor vivió allí, Fernando Alegría de “La maratón del palomo” y Viva Chile…En resumen, la literatura se daba en Maruri esquina Cruz.
Por algo de eso sería que muy temprano comencé a leer, a los once ya me disfrutaba El Quijote, Balzac, Maupassant, Oscar Wilde, Jorge Isaac, y la poesía de Bécquer, Pedro Sienna y toda la selección de Poesía Universal de María Romero, también me gustaban las matemáticas, pero al final no fue lo mío.
Al Instituto Nacional entré en quinta preparatoria y salí de sexto de humanidades, que suena más bonito y mejor que cuarto medio. Empecé a trabajar muy joven ya en tercero haciendo clases a los hijos de una familia, después en el J. Aguirre, en la frutera David del Curto y clases de nivelación a trabajadores en el tiempo de la Unidad Popular. En tanto, estudié ciencias primero y sin terminar la carrera me fui a Literatura adonde me pilló el golpe de estado. Recuerdo las clases extraordinarias de Antonio Skarmeta en Chilena e Hispanoamericana, de Ariel Dorfman en La Celestina y Medieval, a Eleazar Huerta en Estilística, a Luis Iñigo Madrigal en Épica y La Araucana, a Ambrosio Rabanales en las gramáticas, todos maestros de orden superior y como correspondía militando a la vez en el partido socialista que me llevó a publicar en la clandestinidad, al parecer el primer diario en la resistencia en diciembre de 1973 a tres meses del golpe. A esas alturas ya nos habíamos leído todo lo que había que leer de Sartre y Beauvoir, Duras, a Hemingway, Fitzgerald, Kerouac, Saroyan, Capote, Whitman, Grinsberg, Williams Carlos Williams, Elliot, Ezra Pound… la notable poesía y narrativa chilena; y cuando la represión arreciaba, y ya me había salvado de tres o cuatro encerronas con los genocidas a nuestra caza por las calles, partí al exilio. Me fui cerca, a Buenos Aires porque esto no podía durar mucho y regresé apenas pude con los mejores recuerdos, amigos por siempre de Rubén Alvarez ya fallecido, Oche Califa, Ricardo Mariño, Aníbal Chicco, Espiga y el negro López, y dos hijos a mi haber César Rivera Serrano y Fresia Rivera Galasso.
En definitiva, mucha de mi formación como escritor es de allá, de mi paso por la revista Suburbio y Pájaro de Fuego, mi pasada por el periodismo igualmente, como jurado de concursos y un volumen no menor de lecturas de la mejor tradición del Río de la Plata, desde los cielitos a Don Segundo Sombra de Güiraldes, de Quiroga, Felisberto Hernández y Roberto Arlt, a Sábato, Borges y Bioy, Abelardo Castillo, Gudiño Kieffer, Piglia y Saer, todo ello amenizado con lecturas de Todorov, Adorno y Benjamin. No nos dábamos tregua en leer y mantener un respeto reverencial a la publicación, cuando aún el neoliberalismo no nos sometía a esta sobreproducción demencial de libros sin mérito alguno que nutren a las llamadas “industrias culturales”, neologismo consecutivo y copulativo de trituradoras y masa de reciclaje.
Acá, a mi regreso, terminé mis estudios formales de Literatura por segunda vez, no me reconocieron casi ningún ramo aprobado antes de septiembre 1973; pese a ello, fui ayudante y profesor asociado en la Academia de Humanismo Cristiano, y no seguí el camino académico porque en aquellos años era imposible, aunque dejáramos fuera de combate a algún regalón, no habría caso. Así, doy gracias de haber encontrado trabajo en un banco que me salvó de la miseria, y me dije, si soy escritor voy a escribir igual, y así lo hice, seguí leyendo y escribiendo siempre. Pese al rigor bancario me amanecía escribiendo o con un buen libro en las manos, recuerdo Memorias de Adriano, Gran Serton: Veredas, Cavafis, Infancia e Historia de Agamben entre muchos otros.
Hacia fines de la dictadura dirigí la revista de cultura Miradas y colaboré en los diarios Las Últimas Noticias y La Tercera, gané premios y becas que ya ni recuerdo, pero sí que me hice acreedor a participar en el primer taller de escritores de José Donoso, gran taller, gran aprendizaje. La generosidad del maestro no la he vuelto a conocer. Es que, Pepe Donoso era, es un grande de verdad. También sumé a la cosecha dos hijos más Manuel y Benjamín Rivera Arrigorriaga.
Me volví un asiduo evaluador y jurado de concursos, del Consejo de la Cultura y del premio municipal y muchos otros. Publiqué libros que tuvieron y tienen aún un reconocimiento crítico, como “A fuego eterno condenados” (Editorial Balandro 1994 y Fondo de Cultura Económica 2017) traducido al inglés por James Kelly como tesis de grado en la Universidad de Edimburgo, motivo por los cuales fui invitado por la San Diego State University (USA) a pasar una temporada con lecturas, charlas y conversatorios con estudiantes de Letras, y a la vez entre otras invitaciones a prácticamente la totalidad de Encuentros y Ferias del Libro del país, Valdivia, Valparaíso, Concepción, Copiapó, etc., al tiempo que mis cuentos eran publicados en revistas y antologías de América y Europa, China y Rusia. Entre todo esto, contraje convivencia de hecho diría hace ya 20 años con Soledad Torres Castro, médico y quien fue Gran Maestra de la Gran Logia Femenina de Chile.
Del extranjero a su vez me invitaron a las Ferias del Libro de La Paz, Bolivia, a la Feria del Libro de Buenos Aires en dos oportunidades al diálogo de escritores latinoamericanos junto a Alan Pauls y Luis Ruffato en 2016. Dirigí talleres y fui elegido como Presidente de la Sociedad de Escritores de Chile por tres períodos entre los años 2016 a 2022. Generé el concurso literario “Albatros” para Educación Media que ya va en su décimo segunda versión ahora como concurso “Alberto Romero”. Fui a la vez Consejero ante el Consejo del Libro y la Lectura, Vicepresidente de la Unión Nacional de Artistas (UNA) y dirigí la conocida revista Occidente con más de 80 años de trayectoria entre los años 2018 a 2022.
Actualmente estoy dedicado exclusivamente a la escritura y a dictar charlas y conferencias en distintas universidades y espacios culturales, y también a viajar con Soledad, a recorrernos de punta cabo la Carretera Austral, navegar a Puerto Williams, irnos por Texas, Washington, Baltimore, Nueva York, y de ahí a Madrid, Barcelona, Tarragona, Málaga, Córdoba, Sevilla, Granada, Lisboa, Sintra, Cascais, en otro año a Londres, Edimburgo, París, Praga, Dresde, Berlín, y en otra pasada Atenas, Sofia y Estambul … y nuestra América Indiana siempre, como diría el poeta, en lo más genital, Tiahuanaku, Qosqo, Ollantaytambo, Machu Picchu, Tomebamba, Quitu, Teotihuacán, Chichén Itzá, y la bellísima Tulum. Arauco desde el Bío Bío al Toltén.
En La Habana y Varadero también estuvimos. Vale, pero antes de conocernos. Ahh, y la novela “La mano” publicada por el Fondo de Cultura Económica en 2023 tiene muy buenas críticas. Léala, no se arrepentirá.