Peligrosa tentación:
Por el sendero iniciático
Texto que explora —sin convencer— el camino muchas veces visitado del chamanismo, la tradición hermética y el mito fáustico. Sin embargo, despierta curiosidad por el resto de la obra del autor.
Por Javier Edwards Renard
El Mercurio / 01 de diciembre de 2001
Roberto Rivera es un escritor conocido sólo por unos pocos, hecho frecuente en nuestra pequeña “República Literaria” donde la gloria y el éxito no se prodigan. Definitivamente, este no es un país fácil para los autores quienes, para salir del anonimato, tienen que recorrer todas las formas que su insular geografía presenta: desiertos, montañas, climas extremos, soledades absolutas, muriendo la mayoría en la estacada.
Después de leer Piedra Azul, la segunda novela de Roberto Rivera, me quedé con una extraña sensación. Es la primera vez que leo a este autor y su texto me ha convencido solo parcialmente. Quizás resultaría más fácil el silencio. Pero quedarse callado, no decir con directa franqueza lo bueno y lo malo, no abrir un espacio -por mínimo que sea- a libro y autor, es más injusto. Y es que, leyendo Piedra Azul, un relato que se arriesga con el manido tema de los encuentros y viajes iniciáticos, que oscila inconsistente entre el chamanismo a lo Castaneda, la tradición hermética y el encuentro fáustico, también resulta evidente que el autor escribe, que en sus pretensiones a medio alcanzar hay una capacidad de decir y fabular que no es del todo desdeñable, un cierto arte para combinar el lenguaje directo, escueto, el dato urbano, con la inquietud metafísica, la búsqueda existencial.
Es la historia de un atleta retirado, Eugenio Rodriguez, de un chileno cualquiera que busca alguna forma de sobrevivir. Antes un deportista, ahora un anciano de ”cuarenta años” que sale a buscar suerte a la provincia, que termina vendiendo “créditos”, ”leasings” a tasas usureras y que, en el girar de sus recorridos se encuentra con Gaytán Ostanes, ¿un cliente?, ¿un personaje?, más bien el instrumento mediático que llevará a Rodriguez por un recorrido de descubrimiento y encuentro que, al mismo tiempo, genera el extravío de la propia novela. Y si ya desde los inicios, el texto muestra su intención de no quedarse en el mero relato de lo obvio y va dando sus claves culteranas, a partir de ese encuentro, Piedra Azul, titulada entre paréntesis por el propio Rivera ”(Kullfukura)” se transforma en una peripecia narrativa, en una mixtura de referencias étnicas y europeizantes, que resulta difícil navegar. Curioso este texto, porque al mismo tiempo, parece un cuento que se excedió en sus posibilidades y una novela a la que le faltó aliento, palabras y desarrollo para justificar —uso un chilenismo- la “majamama” de elementos que, hambriento y apurado, Rivera incorporó, tal vez a sabiendas que la tarea no era fácil, y que no había llegado primero al intento.
No son suficientes 113 páginas para un viaje que implica desde una referencia a Hermes Trimegisto (nombre greco-latino para el dios egipcio Thoth), los Cátaros, el Tarot y su relación con claves de la cultura Mapuche. El viaje de la tradición hermética asociado a un ritual de los indígenas chilenos en busca de la puerta a la sabiduría: Kuramalal. En medio de todo esto —que ya parece mucho- la relación de Rodríguez con Consuelo, donde el descubrimiento del ¿amor? ¿la sexualidad? También da pábulo a la mención de Eleusis, el lugar donde Pisístrato construyó un templo para el culto de los misterios. Como conjunto, la novela de Roberto Rivera peca por exceso y por defecto, pero tomada por partes, recogiendo algunas de sus reflexiones o el uso del lenguaje y de las estructuras narrativas, resulta aceptable su lectura. Lo importante es que, no obstante las fallas referidas, Piedra Azul despierta la curiosidad sobre el resto de la obra de Rivera, especialmente sus cuentos, y la convicción de que, brújula en mano y sin perder el rumbo, este autor pareciera tener las condiciones para escribir una novela menos ambiciosa, más rigurosa, una novela en serio. Habrá que estar atentos.