“Santos de mi devoción” de Roberto Rivera
Cristián Montes Capo.
En Santos mi devoción están presentes dos amplios registros narrativos. El primero de ellos remite a la complicada inserción del sujeto en los laberintos del poder y el mundo neoliberal. Un segundo registro permite visualizar las diversas modalidades en que se escenifica el deseo y la sexualidad.
Respecto al primer registro señalado, es paradigmático el cuento Giro doloso. La situación narrativa se sostiene básicamente en la estructura del diálogo telefónico. Se acentúa así la atmósfera kafkiana en la que se desenmascara la manipulación engañosa con que las lógicas del mercado envuelven al personaje. Lo relevante aquí no es la verdad o falsedad de los hechos contados, sino la estrategia de seducción y manipulación utilizada por la maquinaria del consumo. El criterio de la eficacia, entendido este como la piedra angular de la mentalidad capitalista, escenifica en este cuento su capacidad de generar necesidades y el imperativo de consumarlos. En Giro doloso vendedor y cliente o, en otras palabras, víctima y victimario, construyen una figura que permite ver cómo opera una nueva modalidad de panóptico: no se trata ahora de la vigilancia directa, sino de complejos mecanismos de procesamiento de la información y control de las motivaciones. Para ello solo importan las huellas de conducta observables en los modernos archivos del bienestar social: tarjeta de crédito; boletos de viaje, cuentas de teléfono, pedido de préstamo, etc. Resuenan en torno a este cuento los postulados de Félix Guattari, quien señalaba, que el capitalismo fue en ciertos sentidos más inteligente que el socialismo, puesto que logró capitalizar de manera radical las potencias del deseo.
Dentro de este primer registro narrativo, el discurso de las ideas desplegado en el cuento Santos de mi devoción, localiza en Chile la denuncia implícita de una sintomatología en concordancia con el proyecto neoliberal imperante. La figura retórica privilegiada es la ironía, la que apunta principalmente al arribismo de quienes desean a toda costa ascender en el orden social. Para alcanzar la cima se deberá pasar por encima de todo: familia, amistades, adhesiones, aunque para ello deba cambiar de apellido (de Rebolledo a Echenique), cambiar de vida, en definitiva tratar de ser otro, un otro acorde al deseado proceso de desrealización. El hedonismo narcisista e individualista que, según Lipovetszky, define al nuevo capitalismo, encarna en plenitud en las aspiraciones del patético personaje central del cuento. A nivel del autor implícito del texto, la estrategia narrativa de Santos de mi devoción realiza en sordina una denuncia a un tipo de sociedad que ha convertido al sujeto en mercancía desechable. El mundo representado deviene así como un “juego de metrópoli” donde el ejercicio de la compra y venta es la dinámica que regula la vida y la identidad del sujeto. Se puede observar así que la ley estructural del cuento se sostiene en dos planos contradictorios: apariencia y realidad. Aparentar, en este caso, deviene en imperativo para aparecer de determinada manera ante el otro: “El dinero comprendía era consubstancial a su apellido, una niebla espesa capaz de ocultar al bandolero y su trayecto para mostrar solo un presente honorable y natural”.
En esta misma línea el cuento Ligero material focaliza la denuncia en tiempos de la dictadura militar. El arribismo, como una tara social, se expresa ahora en una “descomunal vanalización”, pero se agrega otro aspecto significante en cuanto al tema valórico. La dualidad verdad/falsedad se articula aquí a la sospecha fundada sobre el carácter anómalo de las grandes fortunas del país. Decir la verdad en este orden de cosas implica una sanción social, ya que en la lógica empresarial de los grandes conglomerados económicos, toda verdad deviene abstracción manipulable. La corrupción se erige como posibilidad cierta, encarnada, en este caso, en un grupo económico llamado Médicis, nominación irónica que remite aquí a las prácticas realizadas por quienes se han apoderado finalmente de la economía del país. En esta composición de mundo tanto los personajes como el contexto de la dictadura militar inscrito en la ficción narrativa flotan en medio del ligero material donde todo se diluye: la verdad, las certezas, en definitiva lo real. Lo único que queda es una pulsión competitiva desenfrenada que remite a un tipo de mundo que, en términos de Michel Houllebec, se expresa en el imperativo que señala: “Tienes que desear. Tienes que ser deseable. Tienes que participar en la competición, en la lucha, en la vida del mundo. Si te detienes, dejas de existir. Si te quedas atrás, estás muerto”.
Ahora en cuanto al segundo registro narrativo de Santos de mi devoción, el cuento Viejos perros puede interpretarse como una reflexión sobre la degradación física e intelectual que trae consigo la vejez. Pero es también un ejercicio imaginativo liberador de las restricciones que pesan sobre el sujeto y una hipótesis sobre el desmoronamiento del orden civilizador. El control, las buenas costumbres y el protocolo van derivando a un caos que el narrador percibe como un desajuste peligroso. En consecuencia, el nivel de superrealidad privilegiado se define únicamente por necesidades básicas, tales como el acoplamiento, el comer, el defecar, el orinar, el morir o el matar. En términos lingüísticos, el código de la animalidad se estructura en una cadena de significante tales como“perros”, “yegua”, “moscardones”, “león enjaulado”, etc. Lo animalesco se traduce en la unívoca oposición entre “erección” y “no erección” y en una energía vital dependiente de la operatividad de la “herramienta”, palabra con la que el narrador denomina el pene humano-perruno. Lo que cuenta en este acontecer de la superrealidad son los olores, los deseos, las imágenes sexuales y las descripciones que perfilan una imagen de ser humano como un “inconexo animal de cuatro patas”. La focalización del relato privilegia por lo mismo una escenografía donde todo se vuelve sexo y en la cual los personajes solo logran ver la proyección de sus deseos esparcidos entre “mordiscos y patadas”. En definitiva, en Viejos perros el estatuto de lo humano se vuelca en una representación de mundo donde todo tiende a lo que Marcuse define como el eventual grado cero de la vida, producto de la liberación absoluta –y suicida, naturalmente- de los imperativos de la represión civilizadora.
En este mismo registro, el cuento Conejita del jardín incorpora también el código de la animalidad, pero desde un particular buceo en las zonas de lo inconsciente. El acto de nominar se pone al servicio de deletrear dicho código y para recurre a un léxico que intenta la liberación de todo tabú de la escritura. La erótica del verbo movilizada se expresa así en la descripción precisa del acto sexual, de la genitalidad, de los impulsos, etc. Esta elección se potencia a su vez con la incidencia de lapsus que remiten al contenido latente del cuento y a las diversas huellas que lo inconsciente ha esparcido en su superficie textual. En el plano manifiesto, en cambio, el deseo y sus convulsiones parecen requerir del disfraz para que los personajes logren saciar el placer que los demanda. Al disfrazarse como conejos podrán hacer lo que desean, esto es, comportarse como animales orientados únicamente por la pulsión del deseo.
En el cuento Fotografía por encargo el tópico narrativo del deseo enfatiza su carácter problemático. La imposibilidad de la gratificación se expresa en que los personajes se relacionan con unos, pero, a nivel del deseo, se estén relacionando con otros. Se produce así un quiasma de energías donde el objeto del deseo está siempre en otra parte. Esta condición errática se exacerba con las reflexiones metapoéticas y discursivas con las que el narrador reflexiona sobre los cruces entre la realidad y la ficción. El tránsito incontrolable por estos ámbitos y el borroneo de sus límites inciden en el carácter inasible e inenarrable del deseo. Los erráticos destinos de toda esta maquinaria reafirman, a nivel de de las ideas promovidas por el texto, el aspecto impredecible e incontrolable de la vida.
Finalmente, en el cuento Mortajas de rayón este segundo registro de significación incorpora el tema de la marginalidad social y sus dramáticas consecuencias. El otro aparece signado aquí como un depedrador que obliga a los personajes a mantenerse en los límites de su precaria constitución. El miedo, como sentimiento imperante, se traduce en el temor a dejar de ser, lo que refuerza una identidad en permanente disolución. En este contexto los personajes oscilan entre la cordura y el delirio y convierten al travestismo en modalidad de existencia. Dejar de ser para convertirse en otro parece ser la única forma de sobrevivir en un mundo-infierno donde la única manera de vivir es habitándolo esquizofrénicamente.
La estrategia enunciativa, en consecuencia con el tipo de experiencia descrita, deviene dispositivo de ambiguedad e indeterminación narrativa. Se dificulta así el reconocimiento del punto de hablada y de la identidad de una voz que va mutando al compás de las transformaciones sufridas por los personajes.
En términos generales, los registros narrativos desplegados en Santos de mi devoción configuran una visión de mundo en la que se problematiza y cuestiona el difuso sujeto de la contemporaneidad. Los diversos núcleos de significación temática devienen así interrogaciones existenciales acerca de una especie de error instalado en el devenir del sujeto contemporáneo. La mercantilización de la experiencia, la falta de proyectos colectivos, la injusticia, la carencia de algún tipo de heroicidad son factores que permiten entender la desorientación generalizada inscrita en el verosímil textual. Como contrapartida la opción liberadora parece ser la experimentación con formas libidinales que se resisten la institucionalización, aunque la frustación sea lo que predomine finalmente. En Santos de mi devoción la desestabilización de cualquier marco de estabilidad o certeza permiten interpretar el texto como la expresión de una particular sintomatología, es decir –y en términos de Freud- una “formación de sustitutos para eludir (los diferentes tipos de) angustia”.
Finalmente, cabe señalar que los siete cuentos que componen Santos de mi devoción poseen una característica común, esto es: la riqueza formal y la variedad de mecanismos y recursos narrativos. Sorprende por lo mismo que se logre siempre una adecuación perfecta entre lo narrado y el cómo se narra, entre el qué y la estrategia narrativa utilizada. La conciencia estructurante de aparece así como la responsable del contundente espesor narrativo desplegado en Santos de mi devoción.