“Santos de mi devoción” de Roberto Rivera
 
Antonio Gil.

Sainz de Robles, en su libro cuentistas españoles del siglo XX, nos afirma que: “El cuento es, de los géneros literarios el más difícil y selecto. No admite ni las divagaciones, ni los preciosismos del estilo. El cuento exige en su condición fundamental, como una síntesis de todos los valores narrativos: tema, película justa del tema, rapidez dialogal, caracterización de los personajes con un par de rasgos felices. Como miniatura que es de la novela, el cuento debe agradar en conjunto”.

No podemos estar más de acuerdo con el erudito español, sobre todo tras experimentar en carne propia una vana y dura y descorazonadora incursión en este género diabólico, sin resultado ninguno. De ahí que no me quede más remedio que mediar  estas modestas líneas felicitando de todo corazón a Roberto Rivera por su dominio magistral de este género complejo, escurridizo, y reservado sólo a unos pocos iniciados entre los que Roberto Rivera Vicencio destaca como un maestro aventajado y reconocido como tal, no sólo en esta fértil provincia sino también más allá de esta larga y angosta faja de envidia. Para no olvidar nuestro profundo amor por la etimología, aquella apasionante disciplina que, al estudiar el origen de las palabras, de paso y casi sin proponérselo, indaga en la historia profunda de las cosas que dichas palabras nombran, recordemos que cuento deriva de la palabra latín computum, es decir: cálculo, cómputo. Y que de ese aritmético y áspero origen, derivó como ocurre con todas las palabras, en este ser vivo que es el lenguaje, a significar la enumeración de hechos, con lo cual hoy cuento significa: recuento de acciones o sucesos reales o ficticios. Se trata, como no, de la narración breve de un suceso imaginario, donde concurren un número limitado de personajes, los mismos que participan en una sola acción con un solo foco temático. Supuestamente (y digo supuestamente dado que no siempre con razón descreo fielmente de los propósitos preconcebidos) su finalidad es generar en el lector una única respuesta emocional.

Esto en contraste con la novela, que puede presentarnos un número mayor de personajes, los que se van desarrollando a lo largo de distintas narraciones interrelacionadas, con lo cual, la Academia supone, evocaría reacciones emocionales múltiples. Quién sabe.

Lo cierto es que tras una  gozosa lectura de Santos de mi Devoción (libro, que recomiendo encarecidamente ya que se lee de principio a fin con extraordinario regocijo)  el computum final que esta obra arroja en nuestro sentimiento – razón, vale decir en ambos hemisferios cerebrales, se relaciona fuerte e inequívocamente con la realidad creada por el orden social imperante en el accionar, en el sentir, en la construcción psíquica de un modelo humano del que todos somos parte como individuos.

Desde un  arribista que cambia su nombre como es el caso de Eleodoro Rebolledo, transmutado en Eleodoro Echenique Benech protagonista del cuento que da nombre al volumen, hasta la protagonista de Mortajas de Rayón, el foco y trasfondo, el primer y segundo plano del relato de Rivera es este sentir, entrelazado muchas veces a una sexualidad descrita en forma coloquial y libre de melindres, pero siempre embridada, sujeta, lo que deja empozado en nuestro sentir la certeza de que esto, eso que en cada cuento ocurre es, sin duda, lo mismo que nos está ocurriendo a todos, desde el cogollo a las raíces de la estructura social.

Vale decir, SANTOS DE MI DEVOCIÓN no sólo es un libro simple y poderoso a la vez para el lector común. También cumple a cabalidad los draconianos mandatos que la Academia ha impuesto a este tipo de cometidos literarios.

¡Cola y rabo entonces para Roberto Rivera!

Resulta importante destacar aquí que no se propone, ni se acerca, en caso alguno Rivera a una literatura de aquellas que se llamaban en el pasado de denuncia. El sólo enuncia. Y lo hace con la calidad propia del escritor profesional y consagrado que es.

Y tampoco es en ningún aspecto este libro una colección de cuentos moralizadores o fábulas orientadas a dejarnos una moraleja. ¿Para qué? Ahí están los cuentos, como objetos verbales autónomos. Y el Ojo que Todo lo Ve, que es el escritor, siempre un personaje más aunque invisible en cada relato, conduce nuestros ojos y nuestra psique hacia los parajes que él ha elegido y editado para hacernos caminar por ellos y extraer cada quien las conclusiones que pueda o desee.

 Debo confesar que hacía muchos años no tenía oportunidad de leer un autor tan honesto respecto de su quehacer literario. Tan sincero en su vínculo entre su personalidad y el tono y ambiente creados en cada relato por su escritura.

Y lo digo con la convicción de un narrador que, desde la vereda de en frente, en su propia obra ama las máscaras, la profusión, los artificios y las rutas más tortuosas.

Para cerrar quiero manifestar una íntima y gratificante convicción: Estamos ante la obra de un escritor extraordinariamente fino e inteligente al momento de definir sus estrategias narrativas, lo cual hace de cada párrafo un ejemplo envidiable de eficiencia y eficacia.

Esto último queda al descubierto con suma claridad en los acordes más difíciles de interpretar para un escritor, como son los encabalgamientos de realidad y ficción, o cordura y delirio, presentes recurrentemente en SANTOS DE MI DEVOCIÓN Los ensambles son perfectos, y no está de más recordar muy honestamente, que un escritor suele estar muy atento, quizás  demasiado, a los yerros de estilo o la capacidad de construir realidades verosímiles en el trabajo del otro.

Salud a este trabajo a la vez feroz y delicado, como Fuerza a la honestidad y transparencia de Roberto Rivera Vicencio y sus textos que estoy seguro, ustedes leerán “muertos de felicidad” Unión eterna a la inteligencia y la sensibilidad humanista que traspasan de lado a lado este libro extraordinario.

Muchas gracias Roberto por tu invitación y sobre todo por los SANTOS DE TU DEVOCIÓN

Y muchas gracias a todos los que han tenido la paciencia de escucharme luego de un día en el que, con toda seguridad, hemos debido caminar erguidos. Gracias otra vez y muy buenas tardes.