Sobre “Santos de mi devoción” de Roberto Rivera
 
Grinor Rojo.
 

Tres núcleos de significación principales tienen los cuentos que integran este libro, los tres son interesantes y mi opinión es que Roberto Rivera ha sabido sacarles partido de diferentes maneras.

 

El primero tiene que ver con el mundo chileno del dinero o, mejor dicho, tiene que ver más que con el de mundo del empresariado con el de las especulaciones financieras, con sus personajes característicos y con las trapacerías de todo orden en que ellos suelen incurrir. Está en “El castigo contable del señor Müller”, en “Santos de mi devoción” (que además es el cuento que da título al libro) y en “Un ligero material”, de una manera que a mí me parece verosímil, y tanto que a ratos tengo la sensación de que el asunto hubiese dado para más, como ocurre en “Santos de mi devoción”, que en realidad no es un cuento sino una novela comprimida (o bosquejada) con un “proyecto”, una “presentación” y una “ejecución” en cinco “etapas”. El hecho es que Rivera trabaja este mundo chileno del dinero percibiéndolo en contextos históricos distintos, algunas veces durante los años de la dictadura y en otras en los de la postdictadura. El corolario de sus exploraciones es, por supuesto, que no ha habido en este sector de la vida nacional mayores cambios con el paso del tiempo. En la primera década del 2000 las cosas no son muy diferentes en esta materia de lo que fueron en los setenta u ochenta del siglo anterior. Se mantienen en su sitio los mismos agiotistas, con la misma falta de escrúpulos, en competencia y, aún más a menudo, en connivencia. Una figura que por razones obvias es protagónica en este género de relatos es la del magnate, que en el libro de Rivera puede ser un self-made man más o menos reciclado, como ocurre con el Eleodoro Rebolledo de “Santos de mi devoción”, quien para comenzar su carrera se transforma en Eleodoro Echenique y sube luego velozmente en el magnatómetro donde se miden esta especie de virtudes, o un patricio auténtico, como en “Un ligero material”. Todo ello con el escritor haciéndose cargo así de un tipo literario que apareció en Estados Unidos en los ochenta y se ha transformado desde entonces en una permanencia de la ficción contemporánea y no sólo de la chilena, ya que, además de podérselo relacionar con ciertos personajes de Arturo Fontaine (con el Aliro Toro de Oír su voz, por ejemplo) y, de una manera aún más alarmante, con el actual presidente de la República, también se lo puede asociar con el personaje del que se ocupan un par de películas de Oliver Stone, la segunda de las cuales está exhibiéndose en los cines de Santiago en estos mismos momentos.

 

El segundo núcleo de significación con que Rivera construye sus cuentos es el de la sexualidad, empujada en Santos de mi devoción hasta el máximo de sus posibilidades transgresoras o, en otras palabras, hasta el punto de la obscenidad e inclusive, si ustedes me apuran un poco, hasta el punto de la pornografía (aunque también hay que reconocer que la aspereza de Rivera a este respecto ha pasado por alto las seducciones titilantes que a mi juicio constituyen un aliño esencial de esa norma genérica). Quiero decir con ello que el sexo de estos cuentos es sexo duro, sin adornos ni sentimentalismos de ninguna especie, y que por lo tanto (paradojalmente, si se quiere) escapa a la pobreza del relato porno y nada más. El narrador nombra lo que se propone nombrar sin reticencias, no pocas veces procazmente, como pudiera haberlo nombrado un colegial en su pandilla o un barriobajero en el salón de pool. No se crea que hay en esto reproche alguno de mi parte, sin embargo. Por el contrario, en un país en el que el eufemismo constituye la regla de oro de la conducta social y literaria, el que uno de nuestros escritores se atreva a nombrar al pan, pan y al vino, vino, a mí no deja de causarme admiración. Más aún cuando la dureza sexual de Rivera no trepida en desbarrancarse hacia el grotesco energuménico, como en “Viejos perros”, un cuento que para los que estamos llegando a esa etapa de la vida deviene escalofriante. Con todo, yo pienso que el relato más logrado dentro de este grupo es “Mortajas de rayón”. Puede que sea el cuento más sórdido de todo el volumen, pero también es el mejor. La historia de esa niña “abandonada”, que sobrevive en la calle mendigando y prostituyéndose, nos llega en este cuento con nitidez, con fuerza y (por supuesto) sin moralinas. Rivera va al grano, evitándose los lloriqueos romanticoides y las morigeraciones inútiles. Pienso que los grandes narradores chilenos del marginalismo, como Juan Godoy o Alfredo Gómez Morel, no lo hubiesen hecho mejor.

 

El tercero y último núcleo de significación que me interesa destacar en Santos de mi devoción es el metapoético. La narrativa de Roberto Rivera es una narrativa que vuelve una vez y otra, obsesivamente, sobre sí misma. Esto es detectable directa o soslayadamente en la mayoría de sus relatos, pero sobre todo en uno de ellos que a mi juicio pudo ser una obra maestra. Me refiero a “Fotografía por encargo”, donde un escritor que se halla “enfrascado en una novela” y sin poder resolver uno de sus episodios, se constituye en el centro de circunstancias diversas, heterogéneas aparentemente pero que en efecto se hallan unidas por un hilo conductor. Son esas circunstancias una foto pornográfica que el escritor descubre en un cajón de su escritorio, que muestra a una mujer “un poco gorda para el gusto actual, pero tremendamente sugerente” (con todos los visos de provenir de una reminiscencia infantil, diría yo), una segunda mujer en extremo deseable y que se encuentra de visita en la casa del escritor de marras, Rita, y su propia mujer, Leonor, que “me está llevando a la cama, me está diciendo con la mirada que me espera”. El hilo que une a las tres mujeres que le roban la atención a este fulano es, como vemos, el poder aurático del sexo, y es a partir de él que ellas se trenzan como en un solo revoltijo en su imaginario, contribuyendo de este modo con la trastienda de su ficción y finalmente con una salida (falsa, dicho sea de paso) para el episodio literario que no se le da, el que lo tiene empantanado. Como quiera que sea, lo que a mí me interesa destacar sobre todo en este relato de Rivera es su puesta en contacto del mundo de la realidad de verdad con el mundo posible de la creación, la indagación en las peculiaridades de ese contacto, el buceo por lo mismo en los mecanismos conscientes e inconscientes de la producción literaria. Rivera quiere ser no sólo el creador de sus ficciones, sino saber inteligentemente cómo, desde dónde y de qué manera ellas aparecen en él. Literatura esta suya que por eso, y junto con serlo con plenos derechos, es también metaliteratura, es decir que es un tipo de narración que, por cualesquiera sean las razones, se curva sobre sus códigos tratando que ellos le den explicaciones sobre el cómo y por qué son lo que son.

 

Una palabra más en esta brevísima nota. Advierto diferencias de estilo sustanciales entre los cuentos de Santos de mi devoción. Esas diferencias se manifiestan en el manejo inconstante del lenguaje narrativo y dan testimonio de una suerte de continuidad dentro de la diversidad, pero esta vez en el plano de la forma. Estoy pensando en la problemática metaliteraria a la que me aludí arriba, pero que ahora se traslada hasta el nivel de la expresión. Me explico: si desde el punto de vista de los contenidos, los cuentos de Rivera seleccionan como uno de sus lugares de privilegio la exploración del cómo y por qué ellos llegaron o están llegando a ser, en el nivel de la forma esa misma búsqueda se reproduce como un ensayo de estilos distintos, que tanto pueden ser directos y claros, en la línea del realismo decimonónico, como aglutinantes y enrevesados, en la línea del postrealismo que introdujeron las vanguardias (aunque algo de eso haya desde antes, por ejemplo en las novelas de Conrad). Todo ello como si Roberto Rivera estuviese intentando que en sus cuentos el proceso de la producción lingüística sea demostrativo, él también, de una de las problemáticas que lo inquietan. De nuevo, no hay reproche de mi parte en esto que anoto. Más bien, creo que puede leérselo como una voluntad de congruencia, de compatibilidad ciertamente valorable entre el fondo y la forma.