Cuentos con demasiada cólera
José Promis
Los mundos imaginarios presentados por los relatos de ficción son siempre alternativas de la realidad cotidiana de donde se generan. Aun la más ortodoxa novela realista, pretendiendo ser un reflejo fiel de nuestras circunstancias, ofrece fracturas, desviaciones, cambios a veces imperceptibles que revelan la distancia inevitable que separa a lo cotidiano de su representación verbal. Salvo excepciones, construir mundos imaginarios es el recurso utilizado por el autor para manifestar su incomodidad, aunque sea exigua, con el medio desde el cual escribe. Pero cuando la incomodidad se hace insoportable, la representación artística se convierte en pesadillas, caricaturas, imágenes grotescas o parodias lacerantes de nuestra normalidad cotidiana. Los cuentos de Roberto Rivera reunidos en Santos de mi devoción constituyen un ejemplo excelente de tales transformaciones.
Escritos con un estilo bastante personal -que con frecuencia desdeña la sintaxis normativa para crear imágenes novedosas y particulares resonancias lingüísticas, pero que también con la misma frecuencia adquiere la confusión propia de un laberinto verbal del que las voces narrativas no supieran cómo escapar-, se me ocurre que los ocho relatos reunidos en este volumen se diseminan a partir de una frase inscrita en el texto que da título al volumen. Son cuentos que tienen su origen en “el tiempo que el país a sangre y fuego se reinventó por completo”. Este nuevo país, nos sugiere cada uno, nada tiene que ver con la imagen amable de Chile que hoy desaparece, destrozada por un nuevo darwinismo económico que ha reposicionado la lucha por la supervivencia, al amparo del poder económico y el consiguiente brillo social. El breve relato que inaugura el volumen, “El castigo contable del señor Müller”, abre la puerta a las peripecias de personajes que han perdido su aliento de humanidad, ya sea porque su propósito en la vida es surgir y arribar pisoteando a los otros o porque son los pisoteados de este frenético sálvese quien pueda (“Mortajas de rayón”). A todos los personajes imaginados por Roberto Rivera -de algunos de los cuales los lectores pudieran sospechar modelos en la realidad de hoy- se les puede definir de la misma manera que a Monsalves, protagonista del cuento “Muertos de la felicidad (o Hermenéutica de Monsalves)”, como “hijos modernos del consumo”.
Más peliagudo, sin embargo, es percibir que en el contexto semántico del volumen esta categoría se identifica con actitudes de animalidad que transforman los afectos en instintos y los contactos humanos en dentelladas. La animalidad, como transformación provocada por la modernidad económica, otorga un ritmo creciente a los cuentos de Santos de mi devoción que culmina con la turbadora intensidad del relato denominado precisamente “Viejos perros”.
La lectura de los cuentos de Roberto Rivera no deja lugar a la duda sobre la ira que la estructura actual de la sociedad chilena despierta en las conciencias de sus voces narrativas. Es una cólera que se traduce no sólo en las imágenes y en el modo de actuar de los personajes, sino también en las palabras mismas de sus narradores, individuos marginados -alguno de ellos incluso se identifica como escritor en un medio donde a nadie le importa la literatura- que escriben con rabia sobre una sociedad que se les ha tornado ajena e intolerable. Honestas expresiones de disconformidad. Pero cuando tales arrojos de sinceridad narrativa se hacen demasiado transparentes, terminan indefectiblemente perjudicando la factura artística del relato. Su capacidad de convicción se debilita porque el lector comienza a percibir el texto como manifiesto o, en el peor de los casos, como discurso ideológico, más que como representación artística imaginaria. Creo que éste es, desafortunadamente, el precio que pagan al final los cuentos de Roberto Rivera por causa de la excesiva cólera de sus narradores.